Ir al contenido

Interior con mujer al piano, Vilhelm Hammershøi

Si quieres contemplar la obra del danés Hammershøi, tienes que tener en cuenta que vas a invadir un espacio sereno, austero, elegante y sutilmente iluminado. Pero, sobre todo, un espacio donde la quietud no es vacío, sino un murmullo melodioso. 

La maestría de este artista radica, en mi opinión, en el equilibrio tan preciso que existe entre la melancolía de lo que pudo haber sucedido en los espacios que reproduce y la expectación paciente ante lo que podría estar a punto de acontecer.

No retrataba a extraños ni aceptaba encargos. Solo pintaba a personas con las que él estuviera familiarizado, lo que explica que, desde su casamiento con Ida Ilsted, esta se convirtiera en musa y protagonista casi exclusiva de sus composiciones. 

Además, merece la pena destacar que —a diferencia de otros colegas de profesión—, este pintor parece olvidar la conocida male gaze para retratar a su mujer desde un profundo y casi reverencial respeto. En 1901, por ejemplo, la observa discretamente mientras ella está sumergida en su propio proceso creativo; la deja hacer, la deja estar. Nace así, Interior con mujer al piano: una mirada amable, reconocedora y curiosa.

Tres décadas más tarde, la británica Adeline Virginia Woolf declaraba que lo que una mujer necesita es dinero y una habitación propia. Es entonces cuando podemos vernos y ser vistas como seres autónomos con la capacidad de crear un mundo interior rico y abundante.

Y yo no podría estar más de acuerdo con Woolf; ni más agradecida con Hammershøi.

                       El ojo que escucha 

Sol ardiente de junio, Frederic Leighton

Reconozco que tengo un libro en mi estantería única y exclusivamente porque tiene como portada esta obra de Frederic Leighton (Flaming June en inglés). 

Y, tres años después de comprarlo, sigo sin saber si la novela tiene relación o no con este cuadro porque no he conseguido pasar de la página n.º 14, pero es que me veo incapaz de deshacerme de él. 

Esta pintura nació un año antes de la muerte de su autor (1895). Y, casi como por seguir la tradición del mundo del arte, en la época fue ignorada y comprada por muy poco por un empresario que le vio gran potencial. Sin embargo, el tiempo la ha posicionado en un puesto de privilegio y ahora es considera uno de los grandes exponentes del arte plástico victoriano. 

La razón primordial por la que me llama tanto la atención este cuadro —además, por supuesto, de querer tener ese vestido anaranjado algún día—, es porque observar a esta mujer me lleva automáticamente a todos y cada uno de los mitos y leyendas de La Metamorfosis de Ovidio. 

Da igual cuál. La gracia es que encaja en todas. Puede ser una poderosa diosa que, movida por sus exaltadas emociones, ha destruido, transformado o defendido una civilización y ahora, agotada, se rinde a un sueño profundo; una musa en reposo antes de atender la invocación de turno; una mortal castigada o víctima de algún sortilegio proveniente del Olimpo; una ninfa descansando tras haber sido perseguida,...las opciones son infinitas. 

Y, ¿a quién no le va a gustar un buen mito del siglo I a.C.?

                       Flaming June - MAP

El Sol, Edvard Munch

Organicé todo un viaje a Noruega solo para poder ver este cuadro en persona. Spoiler: al final se canceló y me quedé sin verlo. 

Solen es para mí el ejemplo perfecto de cuadro que te da un golpe de humildad. Yo creía saber quién era Munch. Y creía conocer su estilo visceral, melancólico y algo grotesco (totalmente comprensible con la vida que vivió). Pero se me planta esta imagen y me deja sin argumentos. 

En mi defensa he de decir que no fui la única en tener esta creencia. Cuando se plantearon vestir el Aula Magna de la Universidad de Oslo (donde se encuentra la obra), digamos que el estilo de Munch no era el más apreciado y no las tuvo todas consigo. Imaginaos, por un momento, ir a la universidad todos los días y tener que enfrentaros a El Grito, Melancolía, La niña enferma,...solo los títulos ya te tumban. 

La cosa no pintaba muy bien para nuestro artista. Pero, por suerte o por desgracia —ahí cada cual se formará su propia opinión—, pasó una temporada hospitalizado y, al salir, comenzó a explorar y mostrar también la luz en sus obras. Así nació en 1911 Solen.

Personalmente, creo que fue un acierto y que esta imagen (también inmensa, por cierto), irradia tal vibración que te deja en el cuerpo una sensación de anestesiante felicidad. Es muy fácil sentir esos rayos de sol envolviéndote y aportándote una energía cálida y reconfortante.

Os dejo un enlace para que podáis experimentar vosotros/as mismos/as la sensación que deja la exploración de las luces y de las sombras de este pintor.

Dicho esto, solo me queda añadir una cuestión: ¿conseguiré ir a Noruega y verlo en persona?

                       Colección de Munch

Lady Agnew of Lochnaw, John Singer Sargent

 

¿Habéis leído Hamnet de Maggie O'Farrell? Pues cuando miro el retrato de Lady Agnew of Lochnaw veo el misticismo y la corporeidad de Agnes (omitiendo que pertenecieron a estratos sociales opuestos, claro).

Hace un tiempo tuve la suerte de cursar historia del arte en Escocia y cuando tuvimos que escribir el ensayo final, no lo pude tener más claro: había descubierto a esta señora en Escocia y escribiría sobre ella antes de mi vuelta a España. 

Escribir un ensayo puede ser algo aburrido porque tiene una estructura bastante rígida. Pero lo curioso de esta pintura, y lo que más disfruté al estudiarla, es que había tantas incógnitas que parecía que estuviera relatando un cuento o una leyenda en lugar de un trabajo académico.

Más allá del estilo y los colores (espectaculares, por cierto), el hecho de que Sargent decidiera, en 1892, pintar a una aristócrata escocesa de esta manera tan antiaristócrata me chifla. 

La retratada, Gertrude Vernon, tiene la mirada de alguien que te invita a preguntarte quién es y qué hace en su día a día, más allá de ser "la mujer de alguien con dinero que un buen día decide encargar los servicios de determinado artista del momento". 

Aunque no se tienen demasiados datos, se dice que la postura relajada y reclinada de Lady Agnew es consecuencia de la enfermedad que atravesaba por aquel momento, que la tenía agotada, frágil y convaleciente. Yo no soy nadie para negar dicha teoría, pero sí que puedo decir que lo que a mí, personalmente, me transmite es todo lo contrario: yo veo determinación y carácter, no debilidad.

A finales de curso pudimos visitar la Scottish National Gallery y corroboré que, efectivamente, es un retrato inmenso y que, si tienes la suerte de verlo en persona, no te va a dejar indiferente. A mi al menos me dejó anclada a la moqueta roja del museo más de unos pocos minutos.


                     Lady Agnew - Scottish National Gallery